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Octobri
Mense
(De
Mariae Virginis Rosario)
Al llegar
el mes de Octubre, que está consagrado y dedicado a la Santísima Virgen
del Rosario, gratísimamente recordamos con cuánto empeño os hemos
encomendado, Venerables Hermanos, en años anteriores, que excitaseis en todas partes
con vuestra autoridad y prudencia al rebaño de los fieles para que ejercitasen
y aumentasen su piedad hacia la gran Madre de Dios, poderosa auxiliadora del pueblo
cristiano, acudiesen a ella suplicantes y la invocasen por medio de la devoción
del Santísimo Rosario, que la Iglesia acostumbró a practicar y celebrar,
especialmente en las circunstancias dudosas y difíciles, y siempre con el éxito
deseado.
Males
que afligen a la Iglesia
Y tenemos cuidado en manifestaros de nuevo este año ese mismo deseo
Nuestro,
y enviaros y repetiros las mismas exhortaciones, lo cual aconseja y necesita la caridad
de la Iglesia, cuyos trabajos, lejos de haber recibido algún alivio, crecen de día
en día en acerbidad y en número. Deploramos males conocidos por todos;
los dogmas sacrosantos que la Iglesia custodia y enseña, combatidos son y menospreciados;
objeto de burla la integridad de las virtudes cristianas que protege; de muchas maneras se maquina por medio
de la envidia el ataque al sagrado orden de los Obispos, y principalmente al Romano Pontífice,
y hasta contra el mismo Cristo Dios se ha hecho violencia con desvergonzadísima audacia
y maldad abominable, cual si intentasen borrar y destruir completamente la obra divina
de su redención que jamás borrará ni destruirá fuerza alguna.
Estas cosas que no son ciertamente nuevas, ocurren a la Iglesia militante la cual según
profetizó Jesús a sus apóstoles, ha de estar siempre en lucha y
pelea continua para enseñar a los hombres la verdad y conducirlos a la salud
sempiterna, y la cual realmente combate valerosa hasta el martirio por todas las vicisitudes
de los siglos sin que alegre ni gloríe nada más que de poder consagrar
el suyo con la sangre de su autor, en la que se contiene la conocidísima esperanza
de la victoria que se le ha prometido.
No se puede
negar, sin embargo, cuan grande tristeza acarrea a todo lo mejor esta continua
actitud de pelea. Porque es, en verdad, causa de no pequeña tristeza el ver
que hay por una parte muchos a quienes la perversidad de sus errores
y su rebeldía contra Dios los extravían muy lejos y los conducen al precipicio,
y por otra muchos que, llamándose indiferentes hacia cualquier forma de religión,
parece que se han despojado de la fe divina, y, finalmente, no pocos católicos que
apenas conservan la religión en el nombre, pero no la guardan en realidad ni cumplen
con las obligaciones debidas. Y además, lo que angustia y atormenta con más gravedad
Nuestra alma, es pensar que tan lamentable perversidad de los malos ha nacido principalmente
de que en el gobierno de los estados, o no se le concede lugar alguno a la Iglesia,
o se le rechaza el auxilio debido a su virtud salvadora, en lo cual aparece grande y justa la ira
de Dios vengador, que permite que caigan en una miserable ceguera de entendimiento las naciones que
se aparten de Él.
Necesidad
de la oración
Por lo cual las mismas
cosas piden a veces y piden con más vehemencia cada día, que es enteramente
necesario que los católicos dirijan a Dios fervorosas, perseverantes
(sin intermisión) (1 Tes 5,17) súplicas y oraciones, y esto no solamente cada uno en particular, sino que conviene
que lo hagan con la mayor publicidad, congregados en los sagrados templos, para que Dios providentísimo
libre a la Iglesia "de los hombres malos y
perversos" (2
Tes 3,2), y traiga a las naciones pervertidas
a la salud y sabiduría por medio de la luz de la caridad de Jesucristo.
¡Cosa
en verdad tan admirable que sobrepasa la fe de los hombres! El siglo sigue su camino
de trabajo, confiado en sus riquezas, fuerza, armas e ingenio; la Iglesia recorre
los tiempos con paso firme y seguro, confiada únicamente en Dios, hacia quien
levanta noche y día sus ojos y las manos suplicantes. Porque ella, aun cuando
prudentemente no desprecia los demás auxilios humanos que con la providencia
de Dios le depara el tiempo, no pone su principal esperanza en ellos, sino más
bien en sus oraciones, súplicas y plegarias a Dios. De aquí alcanza
el medio de alimentar y robustecer su espíritu vital porque felizmente, por
su constancia en orar consigue que, libre de las vicisitudes humanas y en
perpetua unión con la divina Majestad, que asimile la misma vida de Cristo
Nuestro Señor y la manifieste tranquila y pacíficamente, casi a semejanza
del mismo Cristo, al cual en manera alguna, disminuye y quita un ápice
de su beatísima luz y propia bienaventuranza la crueldad de los suplicios que
padeció para nuestro bien común.
Ejemplos
de oración en la Sagrada Escritura
Estos grandes documentos de la sabiduría
cristiana los conservaron y veneraron siempre religiosamente cuantos profesaron con digno
valor el nombre cristiano, y las súplicas de éstos a Dios eran mayores y más
frecuentes cuando, por virtud de los fraudes y violencia de hombres perversísimos,
sobrevenía alguna calamidad a la Iglesia o a su supremo Jerarca.
Ejemplo insigne
de esto dieron los fieles de la primitiva Iglesia, y muy digno de que se proponga
para ser imitado por todos los que habían de sucederles en adelante. Pedro,
Vicario de Cristo Nuestro Señor, Soberano Pontífice de la Iglesia, hallábase,
por orden del malvado Herodes, en la cárcel y destinado a una muerte cierta, y
en ninguna parte tenía socorro ni auxilio para escapar. Pero no le faltaba
aquel género de auxilio que de Dios alcanza la santa oración puesto que,
según se refiere en la divina Historia, la Iglesia hacía por él fervientes
súplicas: "En la Iglesia se hacía incesantemente oración por él
a Dios" (He
12,5), y con tanto más ardor se dedicaban todos a la oración, cuanto más
duramente les angustiaba la preocupación de tanto mal. Sabido es el éxito
que tuvieron los votos de los que oraban, y el pueblo cristiano celebra siempre con alegre
recuerdo la milagrosa libertad de Pedro.
Cristo, pues,
dio un ejemplo más insigne y divino a su Iglesia para instruirla y formarla
en la santidad, no solamente por sus preceptos, sino también por su conducta.
Porque Él mismo, que toda su vida había orado tan repetida y largamente,
al llegar a sus últimas horas, cuando llena su alma de inmensa amargura en el huerto
de Getsemaní, desfalleció ante la muerte, entonces no solamente oraba a su Padre,
sino que "orabat prolixius" (Lc 22,44). Y no lo
hizo eso para sí, que siendo Dios nada temía
ni necesitaba nada, sino que lo hizo para nosotros, lo hizo para su Iglesia, cuyas futuras preces
y lágrimas ya desde entonces las hacía fecundas en gracia, recibiéndolas
en sí con agrado y benevolencia.
María
Mediadora de todas las gracias
Y cuando por el Misterio de la Cruz se consumó
la redención de nuestro linaje, y fue fundada y constituida formalmente en la tierra
la Iglesia después del triunfo de Cristo, desde ese tiempo, comenzó y prevaleció
para el nuevo pueblo un nuevo orden de providencia.
Conveniente
es escrutar los designios divinos con gran piedad. Queriendo el Hijo de Dios
eterno tomar la naturaleza humana para redención y gloria del hombre, y habiendo
de establecer cierto lazo místico con todo el género humano, no hizo esto
sin haber explorado antes el libérrimo consentimiento de la designada para
Madre suya, la cual representaba en cierto modo la personalidad del mismo género
humano, según aquella ilustre y verdadera sentencia de Santo Tomás
de Aquino: "En la Anunciación se esperaba el consentimiento de la Virgen
en lugar del de toda la humana naturaleza" (Summa Theol.,
III, q. 30, a. 1). De lo cual verdadera y propiamente
se puede afirmar que de aquel grandísimo tesoro de todas gracias que trajo
el Señor, puesto que "la gracia y la verdad por Jesucristo fue
hecha" (Jn 1,17),
nada se absolutamente nada se nos concede, según la voluntad de Dios,
sino por María; de suerte que a la manera que nadie puede llegar al Padre sino
por el Hijo, casi del mismo modo nadie puede llegar a Cristo sino por la Madre.
¡Cuán
grande sabiduría y misericordia resplandece en este consejo de Dios! ¡Cuánta
conveniencia para la flaqueza y debilidad del hombre! Porque creemos y veneramos la justicia
de Aquel cuya bondad conocemos y alabamos como infinita; y tememos como juez inexorable a
Aquel a quien amamos como conservador amantísimo, pródigo de su sangre
y de su vida; por lo cual de estos hechos se desprende que es enteramente necesario para
los afligidos un intercesor y patrono que disfrute de tanto favor para con Dios y sea
de tanta bondad de ánimo que no rechace el patrocinio de nadie por desesperado
que estuviera, y que levante a los afligidos y caídos con la esperanza
de la clemencia divina. Y esta misma es la esclarecidísima María,
poderosa en verdad como Madre de Dios Omnipotente; pero lo que es todavía más
preferible, ella es afable, benigna y muy compasiva. Tal nos la ha dado Dios,
pues por lo mismo que la eligió para Madre de su Hijo unigénito, la dotó
completamente de sentimientos maternales, que no respiran sino amor y perdón: tal
la anunció desde la Cruz cuando en la persona de Juan, su discípulo,
le encomendó el cuidad y el amparo de todo el género humano: tal finalmente, se
ofreció ella misma, que habiendo recibido con gran valor aquella herencia de
inmenso trabajo, legada por el Hijo moribundo, inmediatamente comenzó a ejercitar
todos sus deberes maternales.
María
y la primitiva Iglesia
Ya desde el
principio conocieron con gran alegría los Santos Apóstoles y
los primitivos fieles este consejo de la misericordia tan querida, instituido divinamente
en María y ratificado en el testamento de Cristo, conociéronlo
también y lo enseñaron los venerables Padres de la Iglesia,
y todos los miembros de la grey cristiana lo confirmaron unánimes en todo
tiempo, y esto aun cuando faltasen acerca de ellos toda clase de recuerdos y escritos,
puesto que habla con mucha perfección cierta voz que nace del pecho
de todos los hombres cristianos. Porque no de otra parte que de la fe divina,
nace el que nosotros seamos conducidos y arrebatados placidísimamente
por cierto muy potente impulso hacia María; que nada sea más antiguo
ni más deseado, que el cobijarnos bajo la tutela y el amparo de Aquella
a quien confiamos plenamente nuestros pensamientos y obras,
nuestra integridad y
penitencia, nuestras angustias y gozos, nuestras súplicas y votos y todas
nuestras cosas; que todos tengan una consoladora esperanza y confianza en que
cuantas cosas sean ofrecidas por nosotros indignas o como menos gratas a Dios,
esas mismas se tornarán sumamente agradables y bien acogidas,
encomendándolas a su Santísima Madre. Y así como recibe
el alma gran consuelo con la verdad y suavidad de estas cosas, motivo de tristeza
son para ella, los que careciendo de la fe divina, no reconocen ni tienen a María
por su Madre, y aun más de lamentar es la miseria de aquellos que,
siendo partícipes de la santa fe, se atreven a vituperar a los buenos por el repetido
y prolijo culto que tributan a María, con lo cual ofenden en gran manera la piedad
que es propia de los hijos.
Por esta tempestad de males con que
la Iglesia es tan cruelmente combatida, todos sus piadosos hijos sienten el santo deber en que
se hallan de suplicar con más vehemencia a Dios y la razón por la que principalmente
se han de esforzar en que las mismas súplicas obtengan la mayor eficacia.
Siguiendo el ejemplo de nuestros religiosísimos padres y antepasados, acojámonos
a María, nuestra Santa Soberana, a María Madre de Jesucristo y
nuestra, y todos
juntos supliquemos: "Muéstrate Madre, y llegue por ti nuestra esperanza a quien,
por darnos vida nació de tus entrañas"
(Sacra Liturgia).
Excelencia
del Rosario
Ahora bien: como entre las varias
fórmulas y medios de honrar a la Divina Madre han de ser elegidas aquellas que conociéremos
ser más poderosas por sí mismas y más agradables a la misma Señora, Nos
place indicar el Rosario e inculcarlo con especial cuidado. Comúnmente se ha dado a esta
fórmula de rezar corona, por lo mismo que presenta entretejidos con felices lazos los grandes
misterios de Jesús y de su Madre, los gozos, dolores y triunfos. Estos misterios tan augustos,
si los fieles los meditan y contemplan ordenadamente con piadosa consideración, ¡cuántos
maravillosos auxilios pueden obtener, ora para fomentar la fe y defenderla de la ignorancia
o de la peste de los errores, ora también para relevar y sostener la fortaleza de
ánimo! De este modo el pensamiento y la memoria del que ora, brillando la luz
de la fe, son arrebatados con gratísimo anhelo a aquellos misterios, y fijos y
contemplativos en los mismos no se cansan de admirar la obra inenarrable de la salvación
humana restituida, consumada a tan grande precio y por una serie de cosas tan excelentes;
luego el ánimo se enciende en amor y gracia acerca de estas señales de la caridad
divina, confirma y aumenta la esperanza, ávido y excitado de los premios celestiales,
preparados por Jesucristo para aquellos que se unan al mismo, siguiendo su ejemplo
y participando de sus dolores. Esta oración trasmitida por la Iglesia,
consta de palabras dictadas por el mismo Dios al Arcángel Gabriel, la cual, llena
de alabanzas y de saludables votos continuada y repetida con determinado y variado orden,
impetra también nuevos y dulces frutos de piedad.
Origen
y glorias del Rosario
Y hay que creer
que la misma Reina celestial añadió gran virtud a esta oración
fundada y propagada por el ínclito Patriarca Domingo, por inspiración
e impulso de la Señora, como bélico instrumento y muy poderoso para dominar
a los enemigos de la fe en un período muy contrario al nombre católico
y muy semejante a éste que estamos atravesando.
Pues la secta de los herejes
Albigénses,
ya clandestina, ya manifiesta, había invadido muchas regiones; la infecta generación
de los Maniqueos, cuyos crueles errores reproducía, dirigía contra la Iglesia
sus violencias y un odio extremado. Apenas podía ya confiarse en el apoyo de los hombres
contra tal perniciosa e insolente turba, hasta que vino Dios con el auxilio oportuno,
con la ayuda del Rosario de María. De este modo, con el favor de la Virgen,
vencedora gloriosa de todas las herejías, las fuerzas de los impíos quedaron extenuadas
y aniquiladas, y la fe salva e incólume. La historia antigua, lo mismo que la moderna,
conmemora con clarísimos documentos, muchos hechos semejantes perpetrados en todas las naciones
y bien divulgados, ora sobre peligros ahuyentados, ora sobre beneficios obtenidos.
Difusión
y vitalidad del Rosario
Hay que añadir
también a esto el claro argumento de que, tan luego fue instituida la oración del Rosario,
la costumbre de recitarla fue adoptada y frecuentada por todos los cristianos indistintamente.
Efectivamente, la religión del pueblo cristiano honra con insignes títulos,
y de varias maneras por cierto, a la Madre de Dios, que aunque saluda con tantas y tan augustas alabanzas,
brilla una que aventaja a todas; siempre tuvo cariño singular a este titulo del Rosario, a este modo
de orar, en el que parece que está el símbolo de la fe y el compendio del culto
debido a la Señora; y con preferencia lo ha practicado privada y públicamente en el hogar
y en la familia, instituyendo congregaciones, dedicando altares y celebrando magníficas procesiones,
juzgando que es el mejor medio de celebrar sus solemnidades sagradas o de merecer su patrocinio
y sus gracias.
Ni hay que pasar
en silencio aquello que en este asunto pone en claro cierta providencia singular
de Nuestra Señora. A saber: que cuando por larga duración de tiempo el amor a
la piedad se ha entibiado en algún pueblo y se ha vuelto algún tanto remiso en
esta misma costumbre de orar, se ha visto después con admiración que, ya al sobrevenir
un peligro formidable a las naciones, ya al apremiar alguna necesidad, la práctica del Rosario,
con preferencia a los demás auxilios de la religión, ha sido renovado por los votos
de todos y restituida a su honroso lugar, y que, saludable, se ha extendido con nuevo vigor. No hay necesidad
de buscar ejemplos de ello en las edades pasadas, teniendo a mano en la presente
uno muy excelente. Porque en esta época en que, como al principio advertimos,
en tanto grado es amarga para la Iglesia, y amarguísima para Nos que por
disposición divina estamos dirigiendo su timón, se puede mirar y admirar
con qué valerosas y ardientes voluntades es reverenciado y celebrado el Rosario
de María en todos los lugares y pueblos católicos; y como esto hay
que atribuirlo rectamente a Dios, que modera y dirige a los hombres, más
bien que a la prudencia y ayuda de ningún hombre. Nuestro ánimo
se conforta y se repara extraordinariamente y se llena de gran confianza en que se han
de repetir y amplificar los triunfos de la Iglesia en favor de María.
Como
se debe orar
Mas hay algunos
que estas mismas cosas que Nos hemos expresado, las sienten verdaderamente; pero porque
nada de lo esperado se ha conseguido, especialmente la paz y tranquilidad de la Iglesia,
antes al contrario, ven quizás que los tiempos han empeorado, interrumpen o abandonan fatigados
y desconfiados, la solicitud e inclinación a orar. Tales hombres adviertan ante todo
y esfuércense para que las preces que dirijan a Dios sean adornadas de convenientes virtudes,
según el mandato de Nuestro Señor Jesucristo; y aunque así fueren estas
preces, consideren, por último, que es cosa indigna e ilícita fijar tiempo y
modo en que ha de ayudarnos Dios, que nada absolutamente nos debe; de suerte que cuando
oye a los que oran y cuando "corona nuestros méritos, no corona sino sus propias
mercedes" (San
Agustín, Ep. 194 (al. 105) ad Sixtum,
c. V, n. 19),
y que cuando menos condesciende a nuestros votos, obra como buen padre con sus hijos,
compadeciéndose de su ignorancia y mirando por su utilidad.
La
Oración por la Iglesia y de la Iglesia
Pero las oraciones que ofrecemos
humildemente a Dios en unión con los sufragios de los santos del cielo para hacerlos propicios a la Iglesia,
el mismo Dios nunca deja de admitirlas y cumplirlas benignísimamente,
ora se refieran a los bienes máximos e inmortales de la Iglesia, ora a los menores
y temporales. Porque a estas preces, con verdad, añade valor y abundancia de gracia con sus
preces y sus méritos Jesucristo Señor Nuestro, que
"Cristo amó a la Iglesia y
se entregó a sí mismo por ella para santificarla... y para presentársela a sí
mismo gloriosa" (Ef
5,25-27). Él que es el Pontífice Soberano de ella, santo
inocente, "viviendo siempre para interceder por
nosotros", cuyos ruegos y súplicas
creemos por la fe divina que han de tener cumplimiento.
En lo que concierne a los bienes
exteriores y temporales de la Iglesia, ésta tiene que habérselas muchas
veces, como es sabido, con terribles adversarios por su malevolencia y poder que le
usurpan sus bienes, restringen y oprimen su libertad, atacan y desprecian su
autoridad, le causan, en una palabra, toda clase de daños y malos tratamientos.
Pero si se investiga por qué su maldad no va hasta el límite de las
inquietudes que intentan y se esfuerzan en procurar, fácil es conocerlo; pero
al contrario la Iglesia, en medio de tantas vicisitudes, se muestra siempre con
la misma grandeza y la misma gloria, siempre de una manera distinta, y no cesa
de aumentar. La verdadera y principal razón de este contraste es ciertamente la
intervención de Dios solicitada por la Iglesia. Y no comprende bien la
razón humana cómo la maldad imperante se circunscribe a límites
tan estrechos, mientras que la Iglesia, a pesar de su opresión, alcanza tan
magnífico triunfo. Y lo mismo se ve, aún con más claridad,
en aquella especie de bienes con los que la Iglesia conduce próximamente a los hombres
a la consecución del bien último. Pues habiendo nacido para este ministerio,
por fuerza debe poder mucho con sus plegarias para que tenga eficacia perfecta en ellos
el orden de la Providencia y misericordia divinas; y de esta manera los hombres que oran
con la Iglesia y por la Iglesia, alcanzan, por fin, y obtienen las gracias que
"Dios
omnipotente dispuso conceder desde la eternidad" (Summa
Theol., II-II, q. 83, a. 2, ex S. Greg. M.). La mente humana se turba ante los altos
designios de Dios providente, pero llegará algún día en que se verá
claramente, cuando Dios por su benignidad quiera manifestar las causas y consecuencias
de las cosas a Él conocidas, cuánta fuerza y utilidad tenía para conseguir
este género de cosas la práctica de orar. Se verá también que
de allí procede el que tantos hombres, en medio de la corrupción de un mundo
depravado, se hayan mostrado puros e intactos "de todas las manchas de la carne y del espíritu
trabajando por su santificación en el temor de
Dios" (2 Cor
7,1); que otros que estaban a punto
de dejarse arrastrar por el mal, se han detenido inmediatamente y han recibido del peligro mismo
y de la tentación un feliz aumento de virtud; que otros, en fin, que habían caído,
han sentido en sí el impulso que los ha levantado y les ha echado en los brazos de la misericordia
de Dios.
Los
milagros de la oración
Habida cuenta de estas consideraciones, conjuramos, pues, solícitamente a los cristianos
a que no se dejen sorprender por las astucias del antiguo enemigo y a que no desistan por ningún
motivo del celo de la oración; antes bien que perseveren y persistan sin intermisión.
Que su primera solicitud sea la del supremo bien y la de pedir por la salud eterna de todos
y la conservación de la Iglesia. Pueden, después, pedir a Dios los demás bienes,
necesarios o útiles para la vida, con tal que se sometan de antemano a su voluntad,
siempre justa, y le den asimismo gracias como a Padre benifentísimo, ya conceda o ya niegue lo
que le pidan; que tengan, finalmente, aquélla religión y piedad para con Dios,
que tan necesaria es y que los Santos tuvieron, y el mismo Redentor y Maestro
"con gran clamor
y lágrimas" (Heb
5,7).
Oración
y penitencia
Y ahora
Nuestro ministerio y Nuestra pastoral caridad desean que Nos imploremos de
Dios soberano dispensador de bienes para todos los hijos de la Iglesia, no sólo
el espíritu de la oración, sino también el de la penitencia.
Haciéndolo con todo Nuestro corazón, Nos exhortamos igualmente a todos
y cada uno para que practiquen ambas virtudes, estrechamente unidas entre sí.
La oración tiene por efecto sostener el alma, darle valor, elevarla hacia las cosas
divinas; la penitencia tiene por resultado darnos el imperio sobre nosotros mismos,
especialmente sobre nuestro cuerpo, lleno de peso de la antigua falta y enemigo de la razón
y de la ley evangélica. Esas virtudes, como es fácil ver, se sostienen mutuamente
la una a la otra, y concurren igualmente a substraer y arrancar de las cosas perecederas
al hombre nacido para el cielo, y a elevarlo a una especie de comercio celestial con Dios.
Sucede, por el contrario, que aquel en cuya alma bullen las pasiones, cae en la
malicia por las ambiciones, halla insípidas las dulzuras de las cosas celestiales,
y no tiene por toda oración más que una palabra fría y lánguida,
indigna de ser escuchada por Dios.
El
ejemplo de los santos - Necesidad de la penitencia
Tenemos ante los ojos los ejemplos de penitencia de los Santos
cuyas oraciones y súplicas, como sabemos por los anales sagrados, han sido, por esta causa,
extremadamente agradables a Dios y han obrado prodigios. Ellos arreglaban y domaban
incesantemente su espíritu y su corazón; se aplicaban a sujetarse
con plena aquiescencia y completa sumisión a la doctrina de Jesucristo y a las
enseñanzas y preceptos de su Iglesia; a no tener voluntad propia en cosa alguna,
sino después de haber consultado a Dios; a no encaminar todas sus acciones más que
al aumento de la gloria del Señor; a reprimir y quebrar enérgicamente sus pasiones;
a tratar con implacable dureza su cuerpo; a abstenerse por virtud de todo placer, por inocente
que fuera. De esa manera podrán, con toda verdad, aplicarse a sí mismos estas palabras
de San Pablo: "Nuestra patria está en los
cielos" (Flp 3,20); y por lo mismo, sus oraciones
eran tan eficaces para tener a Dios propicio y amoroso.
Claro es que no todos pueden ni deben
llegar ahí; pero las razones de la justicia divina, para la que se ha de hacer
estrictamente una penitencia proporcionada a las culpas cometidas, exigen que cada uno, en
espíritu de voluntaria mortificación, castigue su vida y sus costumbres; y conviene
mucho imponerse penas voluntarias en vida para merecer mayor recompensa de la virtud.
Por otra parte,
como en el cuerpo místico de Jesucristo, que es la Iglesia, estamos todos unidos
y vivimos como miembros suyos, resulta según la palabra de San Pablo, que a la manera
que todos los miembros se regocijan de lo que acontece dichosamente a uno de ellos,
y se entristecen con el sufre, así también los fieles cristianos deben sentir
los sufrimientos espirituales o corporales, los unos de los otros y ayudarse entre sí
todo lo posible: "Para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que todos los miembros se interesen
los unos por los otros, de manera que si un miembro padece, todos los demás
sufren; y si un miembro recibe honor, todos los demás gozan con él.
Vosotros sois el cuerpo de Jesucristo, y miembros los unos de los
otros" (1 Cor 12,25-27). En este modo de caridad
para el que quiere imitar el ejemplo de Jesucristo, que ha derramado con inmenso amor
su sangre para la satisfacción por nuestros pecados, hay una exhortación de
tomar cada uno sobre sí las faltas de los demás, hay también un gran
lazo de perfección que permite a los fieles estar unidos entre sí, y muy
estrechamente también con los ciudadanos del cielo y con Dios.
En una palabra:
la acción de la santa penitencia es tan variada e ingeniosa y se extiende tanto,
que cada uno, según su piadosa manera y con buena voluntad, puede hacer de ella uso
frecuente y poco difícil.
Exhortaciones
y esperanzas
En
conclusión, Venerables Hermanos, Nos nos prometemos con vuestra ayuda
un feliz resultado de Nuestras advertencias y exhortaciones, tanto en razón
de vuestra insigne y particular piedad hacia la Madre de Dios, como por vuestra caridad
y celo por la grey cristiana; y estos frutos que la devoción, tantas veces
manifestada con esplendor de los católicos a María, ha producido,
se goza Nuestra alma en recogerlos ya anticipadamente en gran abundancia. Llamados
por vosotros, en virtud de vuestras exhortaciones y siguiéndoos, deseamos
que los fieles principalmente en el próximo mes de Octubre se congreguen en derredor
de los solemnes altares de la augusta Reina, y de la Madre llena de bondad, y a fin
de tejerle y ofrecerle como buenos hijos con la oración del Rosario, que tanto
le agrada, una corona mística. Además, Nos mantenemos y Nos confirmamos
las prescripciones y los favores de la santa indulgencia acordad, precedentemente
con este motivo.
¡Qué hermoso e imponente espectáculo será
en las ciudades, en los pueblos, en las aldeas, en tierra y en el mar, en todas partes por
donde se extiende el mundo católico, que esos centenares de millares de fieles
asociando sus alabanzas y juntando sus oraciones, con un solo corazón, con una
voz unánime, se reúnan para saludar a María e implorar a María
y a esperarlo todo de María! Que por
su mediación pidan confiadamente todos los fieles después de haber
rogado a su divino Hijo, que vuelvan las naciones extraviadas a los preceptos e
instituciones cristianas en las que consiste el fundamento de la salud pública,
y de donde dimana la abundancia de la deseada paz y felicidad verdadera. Que por
su mediación se esfuercen en obtener, tanto más cuanto que éste
es el mayor de todos los bienes, que nuestra Madre la Iglesia recobre la posesión
de su libertad y pueda disfrutarla en paz; libertad que, como es sabido, no tiene otro
objeto para la Iglesia que el de poder procurar a los hombres los supremos bienes.
Lejos de haber causado jamás hasta ahora el menor perjuicio a los particulares
ni a los pueblos, la Iglesia, en todo tiempo, les ha procurado numerosos
e insignes beneficios.
Que por la intercesión de la Reina del Santísimo
Rosario, os conceda Dios, Venerables Hermanos, los bienes celestiales, con los
cuales aumenta y acrecienta de día en día las fuerzas y los auxilios que
necesitáis para llenar las obligaciones de vuestro ministerio pastoral; que os
sirva de augurio y prenda la Bendición Apostólica que Nos os damos
amantísimamente a vosotros, al clero y a los pueblos confiados a vuestro cuidado.
Dado en Roma,
junto a San Pedro, el 22 de Septiembre de 1891, año 14 de Nuestro Pontificado.
LEÓN
XIII
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