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Ingruentium
Malorum
(De
mariali Rosario octobri praesertim mense pie recitando)
Ante los
males inminentes, ya desde que por designio de la Divina Providencia fuimos
elevados a la suprema Cátedra de Pedro, nunca dejamos de confiar al valiosísimo
patrocinio de la Madre de Dios los destinos de la familia humana, dando a menudo para tal fin,
como bien sabéis, Cartas de exhortación. Bien conocéis, Venerables
Hermanos,
el gran celo y la gran espontaneidad y concordia con que el pueblo cristiano ha respondido
doquier a Nuestras exhortaciones: repetidas veces lo han atestiguado grandiosos espectáculos
de fe y de amor hacia la augusta Reina del Cielo y, sobre todo, aquella universal
manifestación de alegría que Nuestros propios ojos pudieron en cierto modo
contemplar cuando, en el año pasado, rodeados por corona inmensa de la multitud de fieles,
en la plaza de San Pedro proclamamos solemnemente la Asunción de la Virgen María, en cuerpo
y alma, al Cielo.
Mas, si el recuerdo de estas cosas Nos es tan grato y Nos consuela con la firme
esperanza de la divina misericordia, al presente no faltan, sin embargo, motivos de profunda tristeza,
que solicitan a la par que angustian Nuestro ánimo paternal.
Bien conocéis,
Venerables Hermanos,
la triste condición de estos tiempos: la unión fraternal de las naciones, rota ya hace
tanto tiempo, no la vemos aún restablecida doquier, antes vemos que por todas partes
los espíritus se hallan trastornados por odios y rivalidades, y que sobre los pueblos
se ciernen amenazadores nuevos y sangrientos conflictos; y a ello se ha de añadir aquella
violentísima tempestad de persecuciones que ya desde hace largo tiempo y con tanta
crueldad azota a la Iglesia, privada de su libertad en no pocas partes del mundo, afligida
con calumnias y angustias de toda clase, y a veces hasta con la sangre derramada de los mártires.
Innumerables y muy grandes son las asechanzas a que contemplamos sometidos, en aquellas regiones,
los ánimos de muchos de Nuestros hijos, ¡para que rechacen la fe de sus mayores y se
aparten miserablemente de la unidad con esta Sede Apostólica! Finalmente, tampoco
podemos pasar en silencio un nuevo crimen llevado a cabo, y contra el cual vivamente deseamos
reclamar, no sólo vuestra atención, sino también la de todo el clero,
la de cada uno de los padres y la de los mismos gobernantes: Nos referimos a determinados designios
perversos de la impiedad contra la cándida inocencia de los niños. Ni siquiera se ha
perdonado a los niños inocentes, pues, por desgracia, no faltan quienes, temerario,
osan hasta arrancar aun las mismas flores que crecían como la más bella esperanza
de la religión y de la sociedad en el místico jardín de la Iglesia.
Quien meditare sobre esto no se extrañará de que por todas partes los pueblos
giman bajo el peso del divino castigo y vivan temiendo desgracias todavía mayores.
Ante peligros tan graves,
sin embargo, no debe abatirse vuestro ánimo, Venerables Hermanos, sino que,
acordándoos de aquella divina enseñanza: "Pedid, y se os dará; buscad,
y hallaréis; llamad, y se os abrirá" (Lc 11,9), con mayor confianza acudid gozosos
a la Madre de Dios, junto a la cual el pueblo cristiano siempre ha buscado el refugio en las horas
de peligro, pues Ella "ha sido constituida causa de salvación para todo el género
humano" (S. Ireneo, Adv. haer., III, 22: PG 7, 959).
Por ello, con alegre expectación y reanimada esperanza vemos acercarse ya el próximo
mes de octubre, durante el cual los fieles acostumbran acudir con mayor frecuencia a las iglesias,
para en ellas elevar sus súplicas a María mediante las oraciones del santo Rosario.
Oraciones que este año, Venerables Hermanos, deseamos se hagan con mayor fervor de ánimo,
como lo requieren las necesidades cada día más graves; pues bien conocida Nos es
la poderosa eficacia de tal devoción para obtener la ayuda maternal de la Virgen, porque,
si bien puede conseguirse con diversas maneras de orar, sin embargo, estimamos que el santo Rosario
es el medio más conveniente y eficaz, según lo recomienda su origen, más celestial
que humano, y su misma naturaleza.
¿Qué plegaria, en efecto, más idónea
y más bella que la oración dominical y la salutación angélica, que son como
las flores con que se compone esta mística corona? A la oración vocal va también
unida la meditación de los sagrados misterios, y así se logra otra grandísima ventaja,
a saber, que todos, aun los más sencillos y los menos instruidos, encuentran en ella una manera
fácil y rápida para alimentar y defender su propia fe. Y en verdad que con la frecuente
meditación de los misterios el espíritu, poco a poco y sin dificultad,
absorbe y se asimila la virtud en ellos encerrada, se anima de modo admirable a esperar los bienes
inmortales y se siente inclinado, fuerte y suavemente, a seguir las huellas de Cristo mismo y de
su Madre. Aun la misma oración tantas veces repetida con idénticas fórmulas,
lejos de resultar estéril y enojosa, posee (como lo demuestra la experiencia) una admirable virtud
para infundir confianza al que reza y para hacer como una especie de dulce violencia al maternal
corazón de María.
Trabajad, pues, con especial solicitud,
Venerables Hermanos, para que los fieles, con ocasión del mes de octubre, practiquen con la mayor
diligencia método tan saludable de oración y para que cada día más
lo estimen y se familiaricen con él. Gracias a vosotros, el pueblo cristiano podrá
comprender la excelencia, el valor y la saludable eficacia del santo Rosario.
Y es Nuestro deseo especial que
sea en el seno de las familias donde la práctica del santo Rosario, poco a poco y doquier,
vuelva a florecer, se observe religiosamente y cada día alcance mayor desarrollo.
Pues vano será, ciertamente, empeñarse en buscar remedios a la continua decadencia
de la vida pública, si la sociedad doméstica -principio y fundamento de toda la
humana sociedad- no se ajusta diligentemente a la norma del Evangelio. Nos afirmamos que el
rezo del santo Rosario en familia es un medio muy apto para conseguir un fin
tan arduo. ¡Qué espectáculo tan conmovedor y tan sumamente grato a Dios cuando,
al llegar la noche, todo el hogar cristiano resuena con las repetidas alabanzas en honor de la augusta
Reina del Cielo! Entonces el Rosario, recitado en común, ante la imagen de la Virgen,
reúne con admirable concordia de ánimos a los padres y a los hijos que vuelven del trabajo
diario; además, los une piadosamente con los ausentes y con los difuntos; finalmente, liga a todos
más estrechamente con el suavísimo vínculo del amor a la Virgen Santísima,
la cual, como amantísima Madre rodeada por sus hijos, escuchará benigna, concediendo
con abundancia los bienes de la unidad y de la paz doméstica. Así es como el hogar
de la familia cristiana, ajustada al modelo de la de Nazaret, se convertirá en una terrenal
morada de santidad y casi en un templo, donde el santo Rosario no sólo será la peculiar
oración que todos los días se eleve hacia el cielo en olor de suavidad,
sino que también llegará a ser la más eficaz escuela de la vida y de las
virtudes cristianas. En efecto: la contemplación de los divinos misterios de la Redención
será causa de que los mayores, al considerar los fúlgidos ejemplos de Jesús
y de María, se acostumbren a imitarlos cotidianamente, recibiendo de ellos el consuelo
en la adversidad y en las dificultades, y de que, movidos por ello, se sientan atraídos
a aquellos tesoros celestiales "que no roban los ladrones ni roe la polilla" (Lc
12,33); y de tal modo
grabará en las mentes de los pequeños las principales verdades de la fe que
en sus almas inocentes florecerá espontáneamente el amor hacia el benignísimo
Redentor, cuando, al reverenciar -siguiendo el ejemplo de sus padres- a la majestad de Dios,
ya desde su más tierna edad aprendan el gran valor que junto al trono del Señor
tienen las oraciones recitadas en común.
De nuevo, pues, y solemnemente
afirmamos cuán grande es la esperanza que Nos ponemos en el santo Rosario para curar
los males que afligen a nuestro tiempo. No es con la fuerza, ni con las armas, ni con la potencia humana,
sino con el auxilio divino obtenido por medio de la oración -cual David con su honda- como
la Iglesia se presenta impávida ante el enemigo infernal, pudiendo repetirle las palabras
del adolescente pastor: "Tú vienes a mí con la espada, con la lanza y con el escudo;
pero yo voy a ti en nombre del Señor de los ejércitos...,
y toda esta multitud conocerá que no es con la espada ni con la lanza como salva
el Señor" (1 Sam 17,45.47).
Por cuya razón,
Venerables Hermanos, deseamos vivamente
que todos los fieles, siguiendo vuestro ejemplo y vuestra exhortación, correspondan solícitos
a Nuestra paternal indicación, en unión de corazones y de voces y con el mismo
ardor de caridad. Si aumentan los males y los asaltos de los malvados, crezca igualmente y aumente
sin cesar la piedad de todos los buenos; esfuércense éstos por obtener de nuestra
amantísima Madre, especialmente por medio del santo Rosario a ella tan acepto,
que cuanto antes brillen tiempos mejores para la Iglesia y para la humana
sociedad.
Roguemos todos
a la poderosísima Madre de Dios para que, movida por las voces de tantos hijos suyos,
nos obtenga de su Unigénito el que cuantos por desgracia se hallan desviados del sendero
de la verdad y de la virtud, se vuelvan a ésta por la conversión; el que
felizmente cesen los odios y las rivalidades que son la fuente de toda clase de discordias y
desventuras; el que la paz, aquella paz que sea verdadera, justa y genuina, vuelva a resplandecer
benigna así sobre los individuos y sobre las familias, como sobre los pueblos y sobre las naciones;
el que, finalmente, asegurados los debidos derechos de la Iglesia, aquel benéfico influjo
derivado de ella, al penetrar sin obstáculos en el corazón de los hombres,
en las clases sociales y en la entraña misma de la vida pública, aúne
la familia de los pueblos con fraternal alianza, y la conduzca a aquella prosperidad que regule,
defienda y coordine los derechos y los deberes de todos sin perjudicar a nadie, siendo cada día
mayor por la mutua unión y por la común colaboración.
Tampoco os
olvidéis, Venerables Hermanos y amados hijos, mientras entretejéis
nuevas flores orando con el Rosario, no os olvidéis -repetimos- de los que
languidecen desgraciados en las prisiones, en las cárceles, en los campos de
concentración. Entre ellos se encuentran también, como sabéis,
obispos expulsados de sus sedes sólo por haber defendido con heroísmo
los sacrosantos derechos de Dios y de la Iglesia; se encuentran hijos, padres y madres
de familia, arrancados a sus hogares domésticos, que pasan su vida infeliz
por ignotas tierras y bajo ignotos cielos. Y como Nos les envolvemos a todos con un afecto
singular, así también vosotros, animados por aquella caridad fraterna
que nace y vive de la religión cristiana, unid con las Nuestras vuestras preces
ante el altar de la Virgen Madre de Dios y, suplicantes, recomendadlos a su maternal corazón.
No hay duda de que con dulzura exquisita Ella aliviará y suavizará sus sufrimientos,
con la esperanza del premio eterno; y de que no dejará de acelerar, como firmemente
confiamos, el final de tantos dolores.
No dudando,
Venerables Hermanos, de que vosotros
con el celo ardiente que os es acostumbrado, llevaréis a conocimiento de vuestro clero
y de vuestro pueblo, en la forma que más conveniente creyéreis, esta Nuestra paternal
exhortación, y teniendo asimismo por cierto que Nuestros hijos, diseminados por todo el mundo,
responderán de buen grado a este Nuestro llamamiento con efusión de corazón
concedemos Nuestra Bendición Apostólica, testimonio de Nuestra gratitud y prenda
de las gracias celestiales, así a cada uno de vosotros como a la grey confiada a cada
uno -y singularmente a los que durante el mes de octubre de modo especial recitaren piadosamente,
en conformidad con Nuestras intenciones, el santo Rosario de la Virgen.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de septiembre,
fiesta de los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María, en el año 1951,
décimotercero de Nuestro Pontificado.
PÍO XII
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