|
Diuturni
Temporis
(De
Rosario mariali)
Al echar
una mirada al largo espacio de tiempo que, por voluntad de Dios, hemos pasado
en el sumo Pontificado, no podemos menos que confesar que Nos, sin merecerlo,
hemos experimentado, de manera muy viva, la asistencia de la Divina Providencia.
Juzgamos, empero, que esto debe atribuirse principalmente a la oración
en conjunto, y por tanto eficacísima, que, como antiguamente por Pedro,
así ahora la Iglesia universal está haciendo sin interrupción
por Nos. Por eso, en primer término a Dios, que concede todos los bienes,
las gracias más rendidas, y trataremos de conservar en la mente
y el corazón mientras vivamos cada uno de los dones recibidos.
Luego se
nos presenta el dulce recuerdo de la maternal protección de la augusta Reina
del cielo, e igualmente guardaremos, piadosa e íntegramente ese recuerdo
dándole gracias y exaltando sus beneficios. Porque de Ella, como de
caudalosísimo canal, descienden los manantiales de las divinas gracias, pues,
"en sus manos están los tesoros de las misericordias del Señor" (San
Juan Damasc., Sermo I de
Nativitate Virginis).
"Dios quiere
que Ella sea el principio de todos los bienes" (S.
Irineo, Contra Valent., l. III, c. 33). Cobijados en el amor de esta tierna Madre,
que hemos procurado fomentar asiduamente e incrementar de día en día,
esperamos con certeza poder acercarnos a Nuestro último día.
Mas hace ya tiempo que,
deseando colocar la salvación del género humano en el aumento del
culto de la Virgen, como en fortísimo baluarte, no hemos dejado de fomentar entre
los fieles la costumbre de rezar el Rosario Mariano publicando, a este fin, Encíclicas
ya a desde el 1º de Septiembre de 1883 y promulgando, más de una vez, decretos,
como bien sabéis. Y disponiendo Dios misericordioso que también este año
podamos ver el mes de Octubre, que en otro tiempo decretamos que estuviese dedicado y consagrado
a la celestial Reina del Rosario, no queremos dejar de dirigirnos a vosotros, y resumiendo
en pocas palabras lo que hasta el presente hemos llevado a cabo para fomentar esta clase
de oración, coronaremos Nuestra obra con otro documento próximo a aparecer,
en el que patenticemos todavía más espléndidamente Nuestro fervor
y afecto para con el mencionado modo de honrar a María, y se estimule el ardiente deseo
de los fieles de conservar piadosa y fielmente tan santísima costumbre.
Movidos,
pues, del constante deseo de que el pueblo conociese el poder y la dignidad
del Rosario mariano, después de recordar, en primer lugar, el origen más
celestial que humano de esta oración, mostramos que la admirable guirnalda
confeccionada con la salutación angélica, entrelazada con la oración
dominical y unida con la meditación, resulta una especie excelentísima
de súplica, muy fructuosa, principalmente para la consecución de la vida eterna;
pues, fuera de la excelencia misma de las oraciones de que se compone, ofrece una buena
defensa de la fe y un insigne modelo de virtud por medio de los misterios que propone a
nuestra contemplación; que, además, no es una oración complicada
sino que se acomoda fácilmente al carácter popular, por cuanto se le pone delante,
con la consideración de la Familia de Nazaret, el ideal absolutamente perfecto de la
vida familiar y que el pueblo cristiano por consiguiente, siempre experimentó
su saludabilísima eficacia.
De esta
manera, después de haber recordado principalmente la naturaleza del
Santísimo Rosario y de haber exhortado a su práctica de variados modos,
Nos aplicamos, además, siguiendo las huellas de Nuestros predecesores, a fomentar
su importancia por medio de un culto más solemne. Pues así como Sixto V,
de feliz recordación, aprobó la antigua costumbre de rezar el Rosario, y Gregorio XIII
dedicó un día de fiesta al mismo titulo, que luego inscribió
en el Martirologio Clemente VIII, y mandó Clemente XI que fuese guardada
por la universal Iglesia, y Benedicto XIII la introdujo en el Breviario Romano, así Nos,
para perenne testimonio de Nuestro aprecio a esta manera de piedad, mandamos
que la misma solemnidad del Santísimo Rosario con su oficio fuese celebrda en la
universal Iglesia con rito doble de segunda clase. Quisimos, además, que se consagrase
a esta práctica todo el mes de Octubre; finalmente, ordenamos que en las Letanías
Lauretanas se añadiese la invocación Reina del Santísimo Rosario,
como augurio de la victoria que habíamos de reportar en la actual contienda.
Faltaba por
recordar el grandísimo valor y utilidad del Rosario mariano a causa de la
abundancia de privilegios y derechos con que está enriquecido, y más
que nada, por el preciosísimo tesoro de indulgencias de que goza. Ahora bien,
es fácil entender cuánto interesa a todos los que se preocupan
de su salvación aprovecharse de este beneficio. Pues, se trata nada menos que
de conseguir el perdón, total o parcial, de la pena temporal que hay que pagara
en esta o en la otra vida, aun después de cancelada la culpa. Es decir,
el rico tesoro formado con los méritos de Cristo, de la Madre de Dios y de los santos,
y al que con razón aplicaba Nuestro predecesor Clemente VI las palabras
de la Sabiduría: "Tienen los hombres un infinito tesoro, y los que de él se aprovechan,
se hacen partícipes de la amistad de Dios" (Sab
7,14). Ahora bien, los Romanos Pontífices,
en virtud de la potestad soberana de que están revestidos por el mismo Dios, abrieron
estas copiosísimas fuentes de gracias a los cofrades del Santísimo Rosario
y a los que piadosamente lo recitasen.
Así, pues,
Nos también, pensando que la corona mariana, como adornada
de gemas escogidísimas, luce más bella con estos beneficios e indulgencias,
tras largos estudios, ya tenemos madurado el plan de publicar una Constitución acerca
de los derechos, privilegios e indulgencias de que podrán disfrutar las cofradías
del Santísimo Rosario. Esta Nuestra Constitución sea prueba de amor para
con la augustísima Madre de Dios, y para los fieles todos, estímulo juntamente
y premio de su piedad, a fin de que, en la hora suprema de la vida, puedan por su medio ser
alliviados y descansar suavísimamente en su regazo.
Suplicando de
corazón estas gracias a Dios Optimo Máximo, por medio de la Reina
del Santísimo Rosario, Nos amantísimamente os damos la Bendición
Apostólica, como auspicio y prenda de los bienes celestiales, a vosotros,
Venerables Hermanos, al clero y al pueblo confiado a vuestras particulares cuidados.
Dado en Roma,
cerca de San Pedro, el día 5 de Septiembre de 1898, en el año vigésimo
primero de Nuestro Pontificado.
LEÓN
XIII
|