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Christi
Matri
(Qua
in mensem octobrem supplicationes Beatae Mariae Virgini
indicuntur)
1.
Motivos
de opresión
A
la Madre de Cristo suelen los fieles entretejer con
las oraciones del Rosario místicas guirnaldas durante
el mes de octubre. Aprobándolo vivamente, a
ejemplo de nuestros predecesores, invitamos este año a
todos los hijos de la Iglesia a ofrecer a la Beatísima
Virgen peculiares homenajes de piedad. Está próximo
el peligro de una más extensa y más grave calamidad,
que amenaza a la familia humana, ya que sobre todo en la
región del Asia Oriental se lucha todavía cruentamente
y se enardece una laboriosa guerra; por eso nos
sentimos impulsados a tratar de salvaguardar la paz, en cuanto de
nos depende, de nuevo y más
vigorosamente. Perturban
también el ánimo las noticias de lo que
acontece en otras regiones, como la creciente
competencia de las armas nucleares, los nacionalismos, los
racismos, los movimientos revolucionarios, las
divisiones impuestas a los ciudadanos, los atentados
criminales, las matanzas de inocentes, todo lo cual, puede ser
de origen de
un inmenso flagelo.
2.
Continua actividad por la paz
Como
a nuestros últimos predecesores, Dios providentísimo
también parece habernos confiado la tarea peculiar de
que nos consagremos a conservar y consolidar la paz,
tomando el trabajo con paciencia y constancia. Este
deber, como es claro, nace de que se nos ha confiado
toda la Iglesia para regirla, la cual, como "estandarte
alzado en las naciones" (cf. Is 11,12), no sirve a los intereses de
la política, sino que debe llevar al género
humano la verdad y la gracia
de Jesucristo, su divino fundador.
En
verdad que desde el comienzo del ministerio apostólico
nada hemos omitido en el empeño de trabajar por la
causa de la paz en el mundo, rezando, rogando,
exhortando. Más aún, como bien recordáis, el pasado año
fuimos en avión a Norte América, para hablar del muy
deseado bien de la paz en la sede de las Naciones Unidas,
ante la selectísima asamblea de los representantes de
casi todas las naciones, aconsejando que no se permita que
nadie sea inferior a los demás, ni que unos ataquen a
otros, sino que todos se dediquen al estudio y al
trabajo para establecer la paz. Y también después,
movidos por apostólica solicitud, no hemos cesado de
exhortar a aquellos en quienes recae un asunto tan
grave, para que alejen de los hombres la enorme
calamidad que quizás habría de seguirse.
3.
Reunirse para tratar
Ahora, pues,
de nuevo elevamos nuestra voz "con gran clamor y lágrimas"
(Heb 5,7) a los
jefes de las naciones, rogándoles encarecidamente que procuren
con todo empeño no sólo
que no se extienda más el incendio, sino que se
extinga por completo. No tenemos la menor duda de que
todos los hombres de cualquier raza, color, religión o
clase social que anhelan lo recto y honesto sienten lo
mismo que nos. Por consiguiente, que todos aquellos a
quienes incumbe, establezcan las necesarias condiciones con
las cuales se llegue a dejar las armas antes de que el
peso mismo de los acontecimientos haga imposible abandonarlas. Sepan quienes tienen en sus manos la
salvaguardia de la familia humana, que en este momento
están obligados por un gravísimo deber de conciencia.
Pregunten, pues, e interroguen su conciencia, con la
vista puesta cada uno en su pueblo, en el mundo, en Dios
y en la historia. Reflexionen y piensen que sus nombres en el
futuro serán bendecidos si siguen con cordura
esta imploración. En nombre del Señor gritamos: ¡deteneos!
Tenemos que aunarnos para llegar con sinceridad a planes
y convenios. Es éste el momento de arreglar la situación,
aun con cierto detrimento y perjuicio, ya que más tarde
habría
que rehacerla quizás con gran daño y después
de una acerbísima matanza, que al presente no
podemos ni soñar. Pero hay que llegar a una paz basada
en la justicia y en la libertad de los hombres, y de tal
manera que tenga en cuenta los derechos de los
hombres y de las comunidades; de otro modo, será
incierta e inestable.
4.
La
paz, don del Cielo
Es necesario
que mientras decimos estas cosas con ánimo
conmovido y lleno de ansiedad, como nos aconseja la
suprema cura pastoral, pidamos los auxilios
celestiales, ya que la paz, cuyo "bien es tan grande,
que aun en las cosas terrenas y mortales, nada más
grato se suele escuchar, nada con más anhelo se desea,
nada mejor finalmente se puede encontrar" (San
Agustín, De Civitate Dei, 19, 11: PL 41, 637), debe ser
pedida a aquel que es "Príncipe de la Paz"
(Is 9,5). Estando
acostumbrada la Iglesia acudir a su Madre, María,
eficacísima intercesora, hacia ella con razón
dirigimos nuestra mente y la vuestra, venerables hermanos, y la de
todos los fieles; pues ella, como dice San Ireneo,
"ha
sido constituida causa de la salvación para todo el género
humano" (Adv.
haer., III, 22: PG 7, 959). Nada
nos parece más oportuno y excelente que
el que se eleven las voces suplicantes de toda la
familia cristiana a la Madre de Dios, que es invocada "Reina de la paz", a fin de que en tantas y tan
grandes adversidades y angustias nos comunique con
abundancia los dones de su maternal bondad. Hemos de
dirigirle instantes y asiduas preces a la que,
confirmando un punto principal de la doctrina legada por
nuestros mayores, hemos proclamado, con aplauso de los
Padres y del orbe católico, durante el Concilio Ecuménico
Vaticano II, Madre de la Iglesia, esto es, madre
espiritual de ella. La Madre del Salvador, como enseña
San Agustín, es "indudablemente madre de sus miembros" (De Sanct. Virg., 6: PL 40,
399),
con el que coincide, sin hablar de otros, San Anselmo, el cual entre otras
cosas escribe estas palabras: "¿Puede considerarse algo
más digno, que el que seas tú madre de los que Cristo
se ha dignado ser padre y hermano?" (Or., 47: PL 158,
945); más aún, a ella
la llama nuestro predecesor León XIII, "verdaderamente
madre de la Iglesia"
(Enc. Adiutricem Populi). No en vano, pues, ponemos en
ella la esperanza, conmovidos por esta temible
perturbación.
Al crecer
los males es conveniente que crezca la piedad
del pueblo de Dios; por eso ardientemente deseamos, venerables
hermanos, que yendo delante vosotros,
exhortando e impulsando, se ruegue con más instancia
durante el mes de octubre, como ya hemos dicho, con el
rezo piadoso del Rosario a María, clementísima Madre.
Es muy acomodada esta forma de oración al sentido del
pueblo de Dios, muy agradable a la Madre de Dios y muy
eficaz para impetrar los dones celestiales. Estas preces
del Rosario, el Concilio
Ecuménico Vaticano II, aun cuando no con expresas
palabras, pero sí con suficiente claridad, las inculcó
en los ánimos de todos los
hijos de la Iglesia en estos términos: "Estimen en
mucho las prácticas y ejercicios piadosos dirigidos a
Ella (María), recomendados en el curso de los siglos
por el Magisterio" (Const. Dogm. Lumen Gentium, n.
67).
No sólo
sirve en gran manera este deber fructuoso de
orar para repeler los males y apartar las calamidades,
como se prueba abiertamente por la historia de la
Iglesia, sino que fomenta abundantemente la vida de la
Iglesia, "en primer lugar alimenta la fe católica que
se aviva fácilmente por la meditación oportuna de los
sacrosantos misterios y eleva las mentes a las verdades
divinamente reveladas"
(Enc. Ingravescentibus Malis).
Redóblense,
por lo tanto, durante el mes de octubre,
dedicado a Ntra. Sra. del Rosario, las oraciones; auméntense
las súplicas, a fin de que por su intercesión brille
para los hombres la aurora de la verdadera paz, aun en
lo que se refiera a la religión, que, por
desgracia, no todos pueden profesar hoy libremente. Deseamos de modo
especial, que se celebre este año en todo el orbe católico,
el 4 de octubre, aniversario, como hemos
recordado, de nuestro viaje a la sede de las Naciones
Unidas por razón de la paz, como "día para
impetrar la paz". A vosotros toca, venerables hermanos, dado vuestra reconocida piedad y la
importancia del asunto, que veis claramente, el
prescribir los ritos sagrados, para que la Madre de Dios
y de la Iglesia sea invocada ese día con unánime
fervor por sacerdotes, religiosos, pueblo fiel y de modo
especial por los niños y niñas que se
señalan como la flor de la inocencia, y por enfermos y
los que sufren. También nos haremos en el mismo día, en la
Basílica de San Pedro, ante el sepulcro del Príncipe
de los Apóstoles, súplicas a la Virgen
Madre de Dios. De esta manera, resonando en todos los continentes
de la tierra, la voz unánime de la Iglesia
llegará al cielo; pues, como dice San Agustín, "en la
diversidad de las lenguas de la carne, una es la lengua de
la fe del corazón" (Enarrat. in Ps.,
54, 11: PL 36, 636).
Mira con maternal
clemencia, Beatísima Virgen, a todos
tus hijos. Atiende a la ansiedad de los sagrados
pastores que temen que la grey a ellos confiada se vea
lanzada en la horrible tempestad de los males; atiende a
las angustias de tantos hombres, padres y madres de
familia, que se ven atormentados por acerbos cuidados,
solícitos por su suerte y la de los suyos. Mitiga
las mentes de los que luchan y dales "pensamientos de
paz"; haz que Dios, vengador de las injurias,
vuelto a su
misericordia, restituya los pueblos a la tranquilidad
deseada y los conduzca a una verdadera y perdurable
prosperidad.
Llevados por tan buena
esperanza de que la Madre de Dios
ha de admitir benignamente esta nuestra humilde
plegaria, os damos con todo afecto la Bendición Apostólica,
a vosotros, venerables hermanos, al clero y al pueblo
confiado a vuestro cuidado.
Dado
en Roma, junto a San Pedro, el 15 de septiembre, año
1966, cuarto de nuestro pontificado.
PABLO
VI
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